
Estamos tan solos. Tan solos que tenemos el tiempo de darle nombre a nuestras tristezas, a nuestro desamparo. Necesitamos darle etiquetas al amor inmenso que tenemos dentro. COntamos los minutos para que llegue algún momento que nos saque, que nos libre de ese mismo ser que cuenta los minutos. Estamos tan solos que nos ocupamos viendo los colores prefabricados de un televisor que sólo quiere vender, en vez de observar la belleza de los colores que generan las emociones o la infinitud de texturas, sonidos, volumenes, formas de la creación original.
Estamos tan solos que no damos crédito a nuestros sueños, entonces preferimos sumergirnos en los sueños de otros, sin preguntar siquiera el propósito. Estamos tan solos que los ojos miran al revés, entonces preferimos renunciar a un par de ojos infinitos, tan profundos como la vida, que te dicen -hoy la paso mejor contigo-, y nos vamos con unos proyectos inexistentes, a unos papeles verdes que se esfuman con el paso del aliento cotidiano, con sabor a resaca, a resaca de exceso.
Estamos tan solos que esta pantallita es nuestro último consuelo.



